Concepto equivocado

El nuevo mesías

Se acercan unas fechas señaladas en el recuerdo de la mayoría de nosotros. Buenos recuerdos para muchos, o de añoranza para otros. Infinitas historias que se podrían relatar de memoria sobre estos días. A los que muchos les deben una reconciliación familiar, o la felicidad de sus hijos, mientras que otros los recuerdan con tristeza, pues la vida no siempre es justa para todo el mundo… Pero, no hay duda de que estas fechas nos abren las puertas de los recuerdos, sean los que sean.

Personalmente diré, que me parece una fiesta donde se aprecia el más puro sentimiento familiar, donde se contempla, en su mayoría de casos, la felicidad a través de los ojitos brillantes de niños, y no tan niños… Y que muchas son las risas entre copiosas comidas, donde se piensa en todo, menos en aquellos que no se pueden permitir semejante abundancia ninguno de los 365 días del año.

Se trata de la gran fiesta católica, el nacimiento de Jesus, la navidad. Pero… ¿y si les digo que Jesus no nació el 25 de diciembre, y que ni siquiera lo hizo en Belén? Habrá muchos que maldigan mi nombre, pero me remito a hechos históricos.

Una versión, muchas plumas

Es de sobra sabido que, el libro más divulgado del mundo cuenta la historia de Jesus de Nazaret, que no de Belén, dato que “explican algunos”, con un supuesto viaje de José y María para el pago de unos impuestos, que según la mayoría de historiadores se recolectaban de forma local. No era necesario desplazarse, y de hecho, no hay constancia histórica del nacimiento, más bien son conjeturas. Sí, uno de los días más importantes del cristianismo se funda sobre “el azar”.

Ese mismo libro “sagrado” se comenzó a escribir por muchas manos, y muchos años tras la muerte del protagonista. Se atribuye la autoría de alguno de los evangelios a varios apóstoles, o sus discípulos, pero tampoco hay evidencia histórica que lo refrende, y ningún historiador de la época menciona tales “hazañas”. Ese es terreno para la fe…

Fijándonos en los datos extraídos de los teólogos que han estudiado la biblia, se puede asegurar que Jesús no nació el día de la navidad. Las conclusiones sobre el caso, analizando los textos bíblicos, llegan a diferir incluso de años, no hay constancia de la fecha exacta, y por supuesto tampoco del lugar.

De hecho, nada se sabe de este hombre hasta que aparece con treinta años en público, y expone sus pacíficas ideas ante un pueblo judío que vive bajo el yugo romano. Es a partir de ese momento cuando se habla de él, tanto en “sus textos”, como en los de algún historiador que menciona esa “secta de esclavos” que dicen seguir a un tal Jesús de Nazaret. Se especula también con la posibilidad de que hubiese pasado su juventud estudiando en Egipto, e incluso en la India. Pues rebatía razonamientos de hombres muy sabios de entonces, filósofos de renombre se reunían con el a “escondidas” para debatir. Y es precisamente ese mensaje de unidad, perdón, y acogida del diferente, el que hace que su popularidad suba como la espuma.

Tampoco hay evidencia de que ningunos reyes lo visitaran en su nacimiento, y mucho menos reyes “magos”. Son estas cosas las que se podrían atribuir a lo que fue el boca a boca, acabando en pluma y papel muchos años después. Hay que dar por sentado que fue un hombre que predicó el bien en un mundo en el que no era algo habitual. Y que, por ese motivo, sus seguidores ensalzaron cada una de sus atrevidas intervenciones en público. Llegando a convertirlas en intervenciones divinas, como se solía hacer con todo lo que se escapaba de sus estándares. Y ojo, no seré yo el que diga que no fue así. Solo expongo posibles influencias en los relatos «sagrados», no es esa mi motivación para escribir este post.

Bueno, dejando claro que no existe una certeza, ni en fecha, ni en lugar, la pregunta está clara:

¿Por qué el 25 de diciembre?

Es esta la pregunta clave del asunto en cuestión.

Corría el vino por las calles del imperio romano desde el diecisiete de diciembre. Día en el que se iniciaba la festividad de las saturnales. Fiesta en honor al dios de la agricultura y la cosecha, padre de Júpiter, el gran Saturno. Del cual todavía hoy se conserva parte de su templo en el foro romano. Unas felices fechas en las que se daba la siembra por acabada, y se agradecía la llegada de la luz, pues finalizaban con el solsticio de invierno. Día en el que el día le comienza a comer terreno a la noche, “casualmente” el veinticinco de diciembre por entonces.

Días cargados de felicidad y regalos mutuos entre los habitantes del imperio. Se llegó a convertir en la fiesta del desenfreno, donde ni los esclavos tenían obligaciones, llegando a ser servidos por sus amos. Un paréntesis en el cual ni siquiera se podía condenar a nadie. Y todo esto sumado a la embriaguez más primitiva, daba lugar al desenfreno y la locura por las calles de Roma. Para la mayoría quedó en el olvido el motivo sagrado de la celebración, pasando a ser más, un merecido descanso tras el duro trabajo anual.

Rematando esta vorágine de desasosiego con la natividad del sol invicto. Fecha que se llegó a convertir en la fiesta grande del imperio, superando a tantas otras. Y de ahí el nombre de la “Navidad”, porque era la natividad del sol, que se erigía cada día por más tiempo en el cielo.

Como toda fiesta pagana, fue adoptada y transformada al cristianismo cuando éste se convirtió en el dogma elegido por el emperador Constantino, implantado en todo el imperio romano. No es que yo quiera decirlo porque sí. El papa Juan Pablo II  así lo reconoció: “A los cristianos les pareció lógico y natural sustituir esa fiesta con la celebración del único y verdadero sol, Jesucristo, que vino al mundo para traer a los hombres la luz de la verdad” (1993, asamblea general 22 de diciembre), y también lo hizo Benedicto XVI.

Así que, en resumidas cuentas, ni sabemos cuando nació Jesus, ni dónde. Es cierto es que la biblia no habla de fechas, y de lo que habla hay mucho incierto. Hay que recordar que el manual cristiano por excelencia se pactó en el famoso concilio de Nicea, donde se debatió que textos se admitían y cuales quedaban apartados, e incluso prohibidos otros, conocidos como los evangelios apócrifos. Fueron unos hombres quienes decidieron que se contaba, y como se hacía.

Algo en común

Pero salvando todos estos detalles “históricos”, y dejando de lado si se es o no creyente. Dado que cada uno es dueño de sus pensamientos, o eso creo…

¡Me gusta la navidad! Y no por lo que “representa” de forma oficial, sino por lo que representa en nuestros corazones, por aquello que todavía despierta, o aquello que un día despertó. Porque sí, la vida nos pone escollos que creemos insalvables, muros infranqueables que hunden nuestros sentimientos. Yo no soy nadie para decir que pensar, o que hacer, pero creo que hay un camino común para todos en estas fechas.

Los católicos celebran el nacimiento de Jesús, ya que se acordó que sería este el día para ello, y los que no creen en ello celebran la alegría, la felicidad, el brillo en la mirada de los niños, y la esperanza que esto representa para todos. Y a los que os llueven malos recuerdos, o la añoranza de un ser querido en estos días, os digo, sin ningún ánimo de ofender… que recordéis los momentos de felicidad que sí tuvisteis, fueran sobre estas fechas o no, pese al tiempo transcurrido. Todos hemos conocido la felicidad, tan solo hay que recordarla…

Eres el «salvador»

Y de la misma forma que hay quien cree en la llegada futura de un mesías, o que realmente éste fue Jesús. Yo creo que cada uno de nosotros podemos serlo para los nuestros. Creo sinceramente en la bondad del ser humano, que, si se la entrena, puede ser imparable. Y creo que todos podemos ser los salvadores de alguien en algún momento. Un amigo que nos necesita, una familia dividida, un matrimonio venido a menos, una discusión sin sentido… son muchas situaciones habituales en nuestra rutina. Pues bien, ¡paremos esa “rutina” estos días! Y disfrutemos de la navidad y del mensaje que transmite, con el que no creo que nadie esté desacuerdo.

¡Libera tu espíritu navideño!

 

P.D. Ese concepto común para todos que defiendo durante el post, es la unión y la felicidad entre los “tuyos”, la aceptación del diferente (algo que sí proclamó Jesús, según dicen, pero no lo hacen los que se erigen en sus “portavoces”),  e incluso el perdón al que te ha ofendido. Y el único concepto de «regalo» que yo entiendo, nada tiene que ver con lo material. ¡Los regalos más bonitos no se pueden comprar! Nunca defenderé esa gran bandera capitalista del consumismo, que se enlaza festivo tras festivo, durante toda la vida. Haciéndonos dependientes de lo superficial, mientras desatendemos al alma y el corazón, vitalmente imprescindibles.

Recuerda:

Es más fácil lastimar y matar, que amar y perdonar.

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